//FOTOGRAFÍA

Se calcula que actualmente en Pamplona hay más de 200 personas sin hogar. 200 personas que no pueden dormir tranquilas, lavar su ropa, ducharse o refugiarse contra el frío y la lluvia. 200 personas que no tienen acceso a servicios para cubrir sus necesidades básicas.

En Aranzadi, más de 100 personas de estas 200 pernoctaban cada noche en el Antiguo Convento de las Agustinas. La mayoría jóvenes migrantes que, por una razón u otra, decidieron migrar a Europa para lograr una vida mejor, con más oportunidades. Aquí convivían menores, jóvenes, muchos con estudios, y algunos más veteranos. Diferentes vidas e historias con una cosa en común: todos dormían en el mismo lugar, en comunidad, pero no en un hogar. Dos días más tarde de terminar el proyecto, el 13 de abril de 2026, el convento fue desalojado sin previo aviso, dejando a las personas sin alternativas habitacionales a largo plazo, convirtiéndose así este en el último archivo del lugar.

La sociedad, en lugar de ver esto como una situación alarmante, tiende a demonizar a los individuos que la sufren, tratándolos con prejuicios y relegándolos a los márgenes sociales, a lo invisible e incómodo. El sinhogarismo es una realidad de la que nadie quiere ocuparse. 

Es así como nace BAYT, con el objetivo de recordar al espectador que las personas, aunque no tengan un hogar, siguen siendo personas que sienten, que tienen familia, que son padres, hijos, nietos, tíos y hermanos. Tienen un pasado y merecen un futuro tan digno como el de las personas que sí hemos tenido la suerte –o el privilegio– de tener un hogar donde siempre somos bienvenidas. 

De esta manera, conseguimos que, a través de la fotografía, el marginado se convierta en protagonista, proporcionándole un espacio seguro para contar su historia —algo que rara vez ocurre—, y obligamos al público a detenerse, escuchar, comprender y, ojalá, empatizar.

Para poder realizar este proyecto de la manera más horizontal posible y no desde un rol de poder, desde el primer momento intenté que, aunque fuera yo la que sacara las fotos, fueran los chicos quienes siempre tuvieran la última palabra a la hora de decidir el rumbo del proyecto: qué quieren que se fotografíe, qué no, qué deciden contar, cómo deciden hacerlo...

Además, quise otorgarles un papel aún más activo, invitándolos a intervenir las imágenes para que pudieran plasmar en ellas aquello que consideran relevante. De esta manera, ambos elementos –imagen y texto– son complementarios e iguales en cuanto a importancia, y sirven tanto para lograr el papel de protagonista para el excluido como para hacer reflexionar al público sobre la experiencia vital de cada autor. 

Como he mencionado anteriormente, el objetivo principal del proyecto es hacer que el marginado se convierta en protagonista a través del arte, que encuentre un espacio seguro donde contar su historia, y así empoderarse y no quedarse en el papel de “persona que vive en la calle”.  Me gustaría que este proyecto haya servido para que las personas con las que he trabajado hayan descubierto una nueva faceta de sí mismas. El arte es universal, pero no todo el mundo tiene acceso a él. A estos chicos no se les ofrece, ni siquiera, un pequeño acercamiento al mundo artístico, que en una situación tan vulnerable y extrema, puede servir de gran ayuda.